Brian De Palma según Tarantino: Blow Out y Carrie

La admiración de Quentin Tarantino por Brian De Palma tiene ejemplos concretos. Blow Out y Carrie ofrecen dos formas de convertir una historia de género en una experiencia emocional, mediante imágenes que hacen al espectador saber, esperar o comprender demasiado tarde.

Blow Out: escuchar una prueba y perder a una persona

En su ensayo sobre Blow Out publicado por Criterion en 2011, Michael Sragow recoge el elogio de Tarantino al primer plano final de John Travolta. Lo consideraba uno de los momentos más desgarradores del cine. Es una valoración precisa de una imagen y de su efecto, suficiente para documentar entusiasmo sin añadir una supuesta clasificación de todos los directores vivos.

Blow Out, estrenada en 1981, sigue a un técnico de sonido que registra un accidente y empieza a sospechar que la grabación contiene la prueba de un crimen. La situación ofrece un problema propiamente cinematográfico: distinguir lo que ocurrió de lo que parece haber ocurrido. El personaje escucha, compara y reconstruye. Sus herramientas profesionales también son los medios con los que la película administra nuestra atención.

El espectador comparte parte de esa investigación. Un sonido aislado cambia de sentido cuando se relaciona con una imagen; una secuencia que parecía completa revela un hueco. De Palma convierte la manipulación de materiales audiovisuales en acción dramática. No hace falta que el protagonista corra durante todo el metraje para que exista peligro: ordenar correctamente unos fragmentos puede acercarlo a una verdad que otros quieren mantener oculta.

El desenlace añade una herida a ese mecanismo. Un grito que pertenece a una tragedia acaba integrado en una ficción barata. El trabajo continúa, pero para quien conoce su origen el sonido ya no puede ser un efecto neutral. El primer plano que Tarantino destacó permite leer esa distancia entre el uso profesional de una grabación y la memoria dolorosa que contiene para una persona.

Carrie y la distribución de la mirada

Carrie, de 1976, figura en la selección de Tarantino para Sight and Sound de 2012. Su inclusión sitúa la película entre sus preferencias declaradas en aquella encuesta. No es necesario atribuirle una explicación técnica detallada que la lista no proporciona: la puesta en escena puede analizarse directamente y distinguirse de la elección documentada.

La historia concede tiempo a la vulnerabilidad de Carrie antes de hacer estallar el espectáculo de terror. El instituto, la casa y el baile organizan formas diferentes de vigilancia y presión. Ser observada no significa sentirse reconocida: muchas miradas la juzgan, se burlan o esperan que ocupe el lugar que otros han decidido para ella. El público conoce esa fragilidad y lleva ese conocimiento a la celebración.

La secuencia del baile construye suspense al repartir información de manera desigual. El espectador puede percibir un peligro que la protagonista desconoce. Un gesto amable adquiere entonces dos valores simultáneos: puede ser un alivio para Carrie y un motivo de inquietud para quien espera la humillación. Esa diferencia sostiene la tensión mucho antes de cualquier manifestación de poder.

El vestido, la iluminación y la atención que recibe Carrie permiten imaginar durante unos momentos una aceptación verdadera. La amenaza pesa precisamente porque la película concede valor a esa posibilidad. Si el baile fuera desde el principio una caricatura sin ninguna promesa, su ruptura produciría un efecto emocional distinto.

Cuando la violencia rompe la fiesta, las decisiones visuales alteran la forma de percibir el espacio. La fragmentación y la multiplicación de puntos de atención impiden reducir lo que ocurre a una pelea entre dos adversarios. La sala entera se transforma. El exceso formal responde a una ruptura emocional que la película ha preparado mediante situaciones pequeñas y reconocibles.

El espectáculo visual como compromiso emocional

Las dos películas muestran por qué resulta insuficiente describir a De Palma como un director de movimientos de cámara vistosos. En Blow Out, reconstruir imágenes y sonidos compromete a una persona con otra. En Carrie, saber más que la protagonista vuelve dolorosa la espera. Los recursos formales afectan a nuestra relación con los personajes; no quedan separados de ellos como un adorno.

También emplean de forma distinta la posibilidad de intervenir. El técnico cree que una escucha atenta puede corregir la versión pública de un hecho. Carrie intenta encontrar un lugar dentro de un grupo que dispone de poder para aceptarla o destruirla. Ambas historias permiten estudiar la distancia entre una ilusión de control y la vulnerabilidad real, sin afirmar que Tarantino haya formulado exactamente esa comparación.

El elogio al plano de Travolta resulta especialmente revelador por su escala. Una película llena de operaciones técnicas termina concentrando su peso en un rostro. La emoción no requiere abandonar el artificio: surge de todo lo que el montaje y el sonido nos han permitido saber. Una imagen aparentemente simple llega cargada con el recorrido anterior.

La relación de Tarantino con De Palma puede abordarse así desde dos pruebas delimitadas y dos experiencias de visionado. Una encuesta acredita la elección de Carrie; un ensayo de Criterion conserva su comentario sobre Blow Out. A partir de ahí, la mejor aproximación a esa admiración consiste en mirar cómo cada película dirige nuestra atención y qué sentimiento deja cuando el mecanismo del suspense ya ha terminado.

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