John Milius visto por Tarantino: guiones, héroes y El gran miércoles

Milius ocupa un lugar singular en la cinefilia de Tarantino: sus personajes pueden hablar como leyendas antes de aprender a vivir como personas.

Una preferencia que admite diferencias

Quentin Tarantino ha defendido a John Milius sin reducir su filmografía a una colección de hombres armados. En una reseña del New Beverly recogida por Rotten Tomatoes el 22 de junio de 2020, situaba su preferencia personal en Dillinger, aunque reconocía en El gran miércoles la película que podía considerarse el clásico de su director. La distinción resulta reveladora: una obra favorita y una obra representativa no tienen por qué coincidir. Tampoco equivale a una clasificación cerrada de todos sus guiones.

Dillinger, estrenada en 1973, y El gran miércoles, de 1978, parecen pertenecer a mundos separados. Una organiza su relato alrededor de delincuentes perseguidos; la otra observa a unos surfistas durante el paso de la juventud a la edad adulta. Sin embargo, ambas permiten pensar en la relación entre un grupo y la imagen que desea dejar de sí mismo. La aventura se vuelve una manera de fabricar una leyenda, y la leyenda puede resultar más duradera que las personas que la sostienen.

Ese cruce ayuda a entender el interés de un espectador como Tarantino. Los personajes de Milius rara vez se conforman con cumplir una función práctica. Hablan, compiten y se exhiben como si alguien fuese a contar su historia después. El gesto tiene un valor ceremonial. Un enfrentamiento, una despedida o la entrada de un hombre en una habitación pueden pesar tanto por su efecto sobre los demás como por lo que cambian en la acción.

El gran miércoles y la épica de perder la juventud

El gran miércoles sigue a Matt, Jack y Leroy, interpretados por Jan-Michael Vincent, William Katt y Gary Busey. La amistad se desarrolla alrededor del surf, pero el mar no agota el asunto de la película. Importan también los cuerpos que envejecen, las responsabilidades que aparecen y las separaciones que impiden conservar intacta una forma de vida. La playa ofrece un punto de regreso; no puede devolver a los protagonistas exactamente al momento del que partieron.

La estructura permite que el tiempo se sienta en las diferencias entre reuniones. Las bromas y la energía física adquieren otro sentido cuando vuelven después de una ausencia. El espectador conoce a los amigos como conjunto y aprende a verlos como individuos con destinos distintos. Esa tensión evita que la nostalgia sea únicamente una sucesión de estampas agradables. Recordar algo también significa reconocer que ya no puede repetirse de la misma manera.

Las secuencias de surf aportan una escala que transforma conflictos íntimos en imágenes espectaculares. Frente al oleaje, una persona parece pequeña sin dejar de ser el centro de nuestra atención. La dificultad consiste en mantener el equilibrio ante una fuerza que no puede dominar por completo. Como lectura de la película, esa relación expresa bien la distancia entre la seguridad de la juventud y la experiencia posterior de sus límites. No hace falta convertir cada ola en una alegoría para percibirla.

El reencuentro posee así una emoción diferente de la victoria deportiva convencional. La cuestión no es únicamente quién hace mejor una maniobra. Importa que los personajes compartan otra vez un espacio cuyo significado ha cambiado. La celebración contiene una despedida, y la despedida permite reconocer el valor de aquello que se ha vivido. Es una épica de compañeros que dura precisamente porque no puede prolongar la juventud para siempre.

El guionista detrás de la voz monumental

Para valorar a Milius conviene distinguir su trabajo como director de sus aportaciones a películas ajenas. Entre sus créditos de escritura figuran Apocalypse Now y El gran miércoles; esta última está escrita con Dennis Aaberg. Reconocer esas colaboraciones impide adjudicarle en solitario cada decisión de una obra colectiva. También permite observar qué puede aportar un guionista antes de que la interpretación, el montaje y la puesta en escena modifiquen el efecto de sus palabras.

En sus relatos, el diálogo suele establecer una relación con códigos de conducta. Los personajes hablan de valor, lealtad o pertenencia, pero después deben actuar bajo condiciones que hacen difícil respetar esas ideas. La fuerza dramática aparece en la distancia entre el discurso y el comportamiento. Una declaración grandiosa puede ser sincera, ridícula o ambas cosas; lo decisivo es cómo la escena pone a prueba a quien la pronuncia.

Por eso resulta insuficiente describir su escritura como una acumulación de frases rotundas. Una frase necesita una situación que le conceda peso. La espera de un enfrentamiento, la mirada de un compañero o la conciencia de una derrota pueden convertir unas pocas palabras en una promesa difícil de cumplir. La monumentalidad de Milius funciona mejor cuando conserva esa fragilidad debajo de la superficie.

La valoración de Tarantino invita a revisar esa amplitud: el realizador de Dillinger también es capaz de organizar una historia alrededor de la amistad y la pérdida. Para situar otras discusiones sobre escritores, versiones y películas de los setenta, Cinema Speculation ofrece el contexto de su actividad crítica. El recorrido por Milius gana cuando se comparan obras concretas, sin convertir la admiración en una aprobación automática de todo personaje, discurso o decisión de su carrera.

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