
Érase una vez en Hollywood observa el mundo del espectáculo desde las personas que intentan encontrar un lugar en él. Rick Dalton teme que sus mejores oportunidades hayan pasado; Cliff Booth organiza buena parte de su vida alrededor del trabajo con Rick; Sharon Tate disfruta de una carrera que empieza a abrirse. Sus jornadas permiten recorrer estudios, carreteras, casas y salas de cine. El brillo de una estrella convive con tareas que nadie aplaude y con la incertidumbre del siguiente empleo.
La película dedica tiempo a esas rutinas porque en ellas se reconoce una forma de pertenecer a Hollywood. Conducir hacia un rodaje, preparar un personaje o sentarse entre espectadores puede tener tanto peso como una conversación decisiva. La recreación de Los Ángeles enlaza los recorridos mediante fachadas, sonidos y rostros conocidos. Dentro de ese paisaje, personas históricas y personajes inventados comparten una narración que emplea el pasado como materia de ficción. La cercanía afectiva a una época surge de sus detalles cotidianos, de las imágenes que produce y de las aspiraciones que despierta en quienes viven de ellas.
Érase una vez en Hollywood, estrenada en 2019, sitúa a sus personajes en Los Ángeles de 1969. Rick Dalton, interpretado por Leonardo DiCaprio, es un actor de televisión preocupado por su carrera; Cliff Booth, al que da vida Brad Pitt, es su doble de acción y amigo. La presentación de Sony coloca a ambos ante una industria que está cambiando. Sharon Tate, interpretada por Margot Robbie, introduce otra relación con ese mismo entorno.
Rick, Cliff y Sharon: tres maneras de vivir del cine
El problema de Rick Dalton consiste en seguir trabajando mientras mide cada oportunidad contra la imagen que tiene de sí mismo. Un papel puede parecerle una pérdida de categoría y exigirle, al mismo tiempo, una entrega profesional considerable. DiCaprio hace convivir la necesidad de aprobación con momentos de oficio preciso. La inseguridad del actor y la eficacia de su actuación dentro de una escena pueden aparecer muy próximas.
Cliff ocupa una posición menos visible. Su trabajo depende del cuerpo, de la confianza de otros y de encargos que desbordan las escenas de riesgo. La amistad entre Rick y Cliff combina ayuda cotidiana y desigualdad laboral: uno cuenta con una casa y una imagen pública; el otro sostiene parte de esa comodidad. Su familiaridad permite percibir el afecto sin borrar las diferencias entre sus condiciones de vida.
En el personaje de Sharon Tate, el placer de participar en el cine adquiere una expresión más abierta. La secuencia en la que entra en una sala y observa la respuesta del público a su trabajo sitúa a una actriz entre espectadores. Escuchar una risa o reconocer una reacción ofrece una forma de reconocimiento distinta de una entrevista o una fotografía promocional.
Historia, personajes inventados y películas dentro de la película
Rick y Cliff son personajes ficticios; Sharon Tate fue una actriz real. Tarantino reúne esas presencias en una trama imaginada, con encuentros y situaciones que pertenecen a su relato. Identificar un nombre histórico permite reconocer una referencia, pero no convierte cada gesto o conversación de su representación en un documento biográfico. La película construye relaciones dramáticas entre figuras de distinta procedencia.
La carrera inventada de Rick añade otra capa. Los fragmentos de sus producciones hacen que pueda existir como estrella también dentro de las pantallas que aparecen en la historia. Cuando lo vemos actuar en un western, atendemos a la ficción que interpreta y al profesional que necesita sacar adelante una toma. La transición hacia el Nuevo Hollywood se vuelve así una preocupación concreta por el prestigio, los papeles disponibles y la continuidad del empleo.
Robert Richardson explicó a Kodak que la fotografía principal utilizó 35 mm anamórfico, mientras los pasajes de televisión recurrieron también al blanco y negro; algunas imágenes domésticas se filmaron en 16 mm y Super 8. Las diferencias de textura y encuadre ayudan a distinguir formas de producir y recordar imágenes. El pasado aparece a través de varios medios, cada uno con una apariencia reconocible.
Una ciudad que se recorre, se escucha y se vuelve a narrar
La ficha de Cannes acredita a Barbara Ling en diseño de producción. La recreación de Hollywood Boulevard en 1969 forma parte de un paisaje donde anuncios, comercios y carteles sitúan las aspiraciones de los personajes. Los desplazamientos conceden duración a la ciudad: las distancias entre un estudio, una casa y un local influyen en cómo transcurre una jornada.
La banda sonora de Érase una vez en Hollywood participa de esos trayectos. La radio une canciones, voces y publicidad, de modo que los coches transportan también una experiencia compartida de la época. A veces, la música acompaña una actividad sin interrumpirla; en otros momentos, domina el ritmo del montaje y transforma una sucesión de lugares en una impresión de conjunto.
La novela Érase una vez en Hollywood, escrita por Tarantino y publicada en español por Reservoir Books en junio de 2021, prolonga este mundo en otro medio. La editorial la presenta como una expansión que reorganiza el relato cinematográfico. La prosa puede incorporar antecedentes y pensamientos de manera distinta a una mirada, una voz o un corte de montaje; esa diferencia afecta a cómo conocemos a sus personajes.
El rodaje dentro del rodaje permite observar dos escalas de valoración. Rick puede juzgar su carrera por el tamaño de un papel, mientras quienes trabajan a su lado necesitan que resuelva una escena concreta. Aprender las palabras, escuchar una réplica y recuperar la concentración son tareas pequeñas frente a la aspiración de ser una estrella, pero determinan lo que finalmente podrá verse en pantalla.
Esta distancia vuelve expresivos los errores. Una interrupción deja al descubierto a la persona que sostenía el personaje; retomar la toma exige reconstruir una seguridad que ya hemos visto quebrarse. La película concede valor al esfuerzo sin garantizar que una buena jornada vaya a resolver una carrera entera. El trabajo logrado puede coexistir con la preocupación por el futuro.
También cambia nuestra manera de mirar la actuación. Podemos reconocer a Leonardo DiCaprio, seguir a Rick Dalton y observar al personaje que Rick interpreta, todo dentro de una misma secuencia. El placer procede de percibir cómo esos niveles se sostienen y se desajustan: una ficción convincente depende de un profesional que todavía está luchando por convencerse a sí mismo.
