Richard Fleischer y Tarantino: por qué volver a Mandingo

La reivindicación de Fleischer obliga a mirar películas que incomodan por lo que muestran y por la forma en que involucran al espectador.

Una admiración que puede documentarse

Quentin Tarantino ha expresado su admiración por Mandingo, dirigida por Richard Fleischer y estrenada en 1975. En una conferencia de prensa recogida por AlloCiné el 9 de agosto de 2012, la mencionó entre sus películas preferidas del director. La historia oficial del New Beverly también incluye a Fleischer entre los realizadores a los que Tarantino ha dedicado ciclos. Son dos formas distintas de reivindicación: una valoración explícita y una actividad de programación.

Ese respaldo no autoriza a fabricar una frase sobre el director más infravalorado de la historia ni una reseña de cada película de su carrera. La apreciación puede sostenerse con hechos más precisos. Un ciclo propone que un conjunto de obras merece tiempo y atención; una declaración sobre Mandingo identifica una preferencia concreta. Ambas cosas resultan más informativas que una superlativa genérica sin fecha ni contexto.

Fleischer trabajó en géneros muy diferentes, circunstancia que vuelve especialmente útil observar decisiones de puesta en escena en vez de buscar una superficie siempre idéntica. Su nombre puede asociarse a aventuras, ciencia ficción o relatos criminales. La variedad no elimina la posibilidad de reconocer una inteligencia narrativa; exige buscarla en la forma de organizar el espacio, distribuir la información y situar al espectador ante conductas difíciles de asimilar.

Mandingo y la incomodidad de la representación

Mandingo presenta un mundo esclavista donde la propiedad pretende alcanzar los cuerpos, los afectos y la reproducción. Las relaciones personales aparecen contaminadas por una estructura que concede a unas personas poder sobre otras. El melodrama no ocurre al margen de ese sistema: sus celos, deseos y conflictos dependen de él. La intimidad está atravesada por una desigualdad que impide entender las decisiones como si todos los personajes dispusieran de la misma libertad.

La película genera incomodidad porque combina denuncia y espectáculo. Mostrar la degradación puede revelar la brutalidad de un orden social, pero la forma de mostrarla también puede producir una experiencia explotadora. Esa tensión no se resuelve invocando únicamente las intenciones del realizador. Hay que preguntarse cuánto espacio concede el relato a quienes sufren, desde dónde se mira su sufrimiento y qué clase de reacción busca cada secuencia.

Sean Axmaker, en su artículo de TCM publicado el 26 de junio de 2018, recuerda la recepción profundamente dividida de la película y la sitúa entre el melodrama de explotación y la representación de la esclavitud. Esa historia crítica ayuda a comprender por qué su recuperación no consiste simplemente en descubrir un título desconocido. Consiste también en volver a discutir una obra cuyo efecto había provocado juicios muy distintos.

La defensa de Tarantino pertenece a esa discusión, pero no la agota. Un espectador puede reconocer fuerza dramática y formular objeciones sobre su tratamiento de los personajes. Otro puede encontrar que la aspereza rompe con formas anteriores de idealizar el pasado. Lo útil es precisar qué imagen o qué relación sostiene cada lectura. La película no debe tomarse como una reconstrucción histórica suficiente de la esclavitud ni como prueba documental de todos los actos que representa.

El estrangulador de Boston como contraste de forma

El estrangulador de Boston, estrenada en 1968, permite observar otro registro de Fleischer. Su uso de la pantalla dividida distribuye la atención entre acciones, lugares y procesos de investigación. El espectador debe relacionar fragmentos en vez de recibir siempre una imagen única que organice toda la información. La multiplicación visual puede sugerir una actividad extensa sin proporcionar una comprensión completa del peligro.

El efecto no consiste únicamente en enseñar varias cosas a la vez. Cada fragmento ocupa una posición y una duración que influyen en su importancia. Una imagen puede quedar aislada mientras otras parecen avanzar; el conjunto puede transmitir coordinación o dispersión. El recurso formal se vuelve parte de una experiencia de incertidumbre, donde reunir datos no equivale todavía a comprender a la persona que los ha producido.

Compararla con Mandingo ayuda a evitar que Fleischer quede reducido a un único tema escandaloso. En una obra, el conflicto se concentra en relaciones de dominio dentro de un orden social; en la otra, la investigación debe construir un sentido a partir de información fragmentaria. La comparación es una propuesta crítica, no una reseña atribuida a Tarantino sobre El estrangulador de Boston sin un testimonio verificable.

El reparto de información modifica asimismo el juicio: conocer una amenaza antes que un personaje genera temor; descubrirla después obliga a revisar la confianza que habíamos depositado en una apariencia respetable.

La reivindicación más sólida empieza por esas diferencias. Ver una película incómoda no exige aceptar todos sus efectos ni coincidir con quien la recomienda. Exige concederle una atención suficiente para distinguir lo que muestra, cómo lo organiza y qué preguntas deja abiertas. El interés documentado de Tarantino por Fleischer puede iniciar ese trabajo; la evaluación posterior pertenece al encuentro de cada espectador con las obras y con las discusiones que han provocado.

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