Carreteras interminables, hospitales inquietantes y bandas de moteros: la etiqueta ozploitation reúne películas australianas muy diferentes. La relación de Tarantino con ellas permite empezar por títulos concretos, sin inventar un ranking.
El documental que reunió una afición dispersa
Not Quite Hollywood, dirigido por Mark Hartley y estrenado en 2008, ofrece el punto de partida más claro para conocer la defensa de este cine que hace Quentin Tarantino. Sus intervenciones forman parte de una historia coral del cine australiano de explotación. Hartley explicó en una entrevista de julio de 2009 que lo entrevistó antes de conseguir la financiación y que ese material ayudó a presentar el proyecto. Su participación, por tanto, excede la aparición decorativa de un famoso al que le gustan las películas sangrientas.
Ozploitation designa un conjunto de producciones australianas orientadas al impacto, el entretenimiento popular y los mercados de género. Incluye comedia sexual, terror, aventuras, acción y relatos de carretera. No todas comparten una misma estética ni cuentan la misma Australia. Conviene abandonar la expectativa de encontrar únicamente variaciones de Mad Max: una historia de telequinesis en un hospital y un thriller sobre camioneros pueden pertenecer al recorrido aunque organicen el suspense de maneras opuestas.
Para distinguir preferencias de asociaciones, hay una segunda referencia particularmente útil: la programación que Tarantino preparó para el New Beverly en marzo de 2011. Incluyó Road Games y Stone. Ese calendario documenta una selección para exhibir ante el público, sin necesidad de convertirla en una clasificación de sus mejores películas australianas. También permite separar la recomendación del director de las opiniones que otros periodistas añadieron al anunciar el ciclo.
Roadgames y Patrick: dos formas de encerrar al espectador
Roadgames, de Richard Franklin, es una buena primera elección para quien prefiera el suspense al horror explícito. Estrenada en 1981, pone a Stacy Keach al volante de un camión y a Jamie Lee Curtis en el recorrido de una sospecha criminal. La carretera parece ofrecer libertad, pero el protagonista termina atrapado en lo que cree haber visto. Seguir vehículos, observar gestos y completar historias sobre desconocidos transforma un paisaje abierto en una investigación sin garantías.
La película puede analizarse como un juego entre percepción y movilidad. En una casa resulta posible volver a una habitación y comprobar una pista; en una carretera, las personas desaparecen y las distancias cambian las oportunidades. El camionero dispone de una perspectiva elevada y muchas horas para mirar, pero observar no lo vuelve omnisciente. El humor de su conversación y sus asociaciones mentales impide que la intriga se convierta en una simple sucesión de amenazas anónimas.
Su presencia en el programa de marzo de 2011 constituye aquí la recomendación fechada. La lectura del mecanismo de suspense es una propuesta crítica para el visionado, no una reproducción de palabras de Tarantino. Quien llegue esperando un equivalente exacto de Death Proof encontrará un parentesco de territorio, vehículos y atención al movimiento, pero una narración distinta. Franklin concede mucho espacio a la imaginación del observador antes de confirmar o deshacer sus conclusiones.
Patrick, también dirigida por Franklin, se estrenó en 1978. El documental de Hartley la recupera dentro de ese mismo paisaje cinéfilo; la admiración de Tarantino por ella vuelve a señalarse en la entrevista de SBS con Hartley publicada en 2013. Se trata de la película original, no de la nueva versión que Hartley dirigió décadas después. La distinción importa porque compartir título no equivale a compartir reparto, puesta en escena o una recomendación idéntica.
Aquí la amenaza procede de un paciente aparentemente inmóvil y de la actividad que esa quietud esconde. El hospital impone rutinas, jerarquías y una confianza profesional en lo que puede medirse. El terror introduce una voluntad que no encaja en esas observaciones. Frente al desplazamiento de Roadgames, Patrick trabaja con la persistencia de un cuerpo en un lugar: mirar al paciente y decidir qué comprende se convierte en una forma de suspense.
Stone y una ruta de descubrimiento sin lista falsa
Stone, dirigida por Sandy Harbutt en 1974, completa una entrada distinta al ciclo. Tarantino la incluyó como sesión de medianoche en aquel marzo de 2011. La película se acerca al mundo de una banda de moteros mediante un policía que debe convivir con ellos. El interés del relato está tanto en la amenaza criminal como en los códigos del grupo: quién pertenece, qué conducta resulta sospechosa y cuánto puede entender un recién llegado.
Verla después de las dos películas de Franklin ayuda a percibir la variedad de la etiqueta. La comunidad motera produce una ocupación colectiva del espacio; el hospital concentra la tensión alrededor de un individuo; la carretera disuelve las certezas entre desconocidos. No hace falta fingir que Tarantino formuló esa comparación para aprovecharla como itinerario. Son tres experiencias narrativas con apoyos documentales diferentes y una vinculación comprobable con su actividad cinéfila.
El documental de Hartley sirve después para ampliar el mapa, atendiendo a quién recomienda cada título y desde qué recuerdo. Las intervenciones de actores, técnicos y directores no son intercambiables con las de Tarantino. Dentro de esa diversidad, los artículos sobre el cine australiano en sus influencias y la cultura grindhouse del cine de explotación permiten continuar desde las preferencias de espectador hacia su trabajo como cineasta.
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