Bava y Argento representan dos encuentros diferentes con el terror italiano: la conciencia de una firma visual y el entusiasmo ante una violencia de puesta en escena.
Black Sabbath y el descubrimiento de un director
La relación de Quentin Tarantino con Mario Bava tiene un título especialmente reconocible: Black Sabbath, la antología de terror estrenada en 1963. No Film School recogió el 1 de junio de 2021 una entrevista de SiriusXM en la que Tarantino la situaba entre sus recuerdos cinematográficos formativos. Según ese testimonio, fue una película que le hizo prestar atención a la persona que dirigía y querer conocer otros trabajos suyos.
Ese cambio de mirada resulta distinto de disfrutar una historia aislada. Un espectador puede recordar un monstruo o un desenlace sin preguntarse quién ha organizado las imágenes. Reconocer a un director supone advertir que el color, la duración de una espera o la forma de mostrar un rostro responden a decisiones. La película deja de ser únicamente algo que sucede y empieza a percibirse también como algo construido.
La estructura de Black Sabbath, conocida asimismo como Las tres caras del miedo, favorece esa percepción. Sus relatos presentan amenazas distintas, pero el espectador puede comparar cómo se fabrica la inquietud dentro de una misma sesión. No hace falta que todos los episodios produzcan idéntico efecto para reconocer una atención común al espacio, a los objetos y a la transformación de una situación cotidiana en una experiencia extraña.
El formato de antología exige además economizar la exposición. Un relato breve tiene menos tiempo para establecer un mundo y debe elegir qué información entrega y cuál mantiene fuera de campo. Una llamada, un objeto o una presencia inmóvil pueden adquirir una importancia desproporcionada. La tensión depende de que el espectador espere una alteración antes de saber exactamente qué forma tomará. Bava convierte esa espera en una experiencia visual.
Deep Red y la fascinación por el artificio
Para Dario Argento, el recuerdo documentado se concentra en Deep Red, de 1975, conocida en España como Rojo oscuro. IndieWire recogió el 26 de octubre de 2020 los comentarios de Tarantino sobre la impresión que le produjo de joven su sucesión de asesinatos. El entusiasmo se refería a la intensidad de ese espectáculo cinematográfico. No equivale a una valoración moral de las conductas representadas ni a una preferencia demostrada por cada película de Argento.
Deep Red hace que mirar sea una actividad insegura. Su protagonista presencia un crimen, pero ver algo no significa haberlo comprendido. La investigación obliga a regresar mentalmente a imágenes ya observadas y a preguntarse qué detalle se interpretó mal. Esa relación entre memoria y percepción convierte al espectador en parte del problema: también él puede haber recibido una información sin saber reconocerla.
La puesta en escena añade una segunda capa. Los espacios no funcionan como fondos neutrales y los objetos pueden llamar la atención antes de revelar su utilidad narrativa. El encuadre organiza promesas y sospechas. A veces la amenaza parece estar en un lugar porque la película nos ha enseñado a vigilarlo; otras, el interés visual de un detalle distrae de aquello que después resultará decisivo. La investigación es también una revisión de nuestra manera de mirar.
El sonido y la música intensifican esa incertidumbre. Un recuerdo auditivo puede actuar como pista, mientras la energía musical de una secuencia modifica la relación entre anticipación y sorpresa. El asesinato no aparece únicamente como un dato que hace avanzar el misterio. Se convierte en una secuencia con ritmo propio, cuyo desarrollo puede fascinar e incomodar a la vez. Esa autonomía formal ayuda a comprender el tipo de entusiasmo que Tarantino describía.
Dos entradas al terror italiano, sin confundir sus géneros
Reunir a Bava y Argento no significa que todas sus películas pertenezcan al giallo. Black Sabbath trabaja como antología de terror, con relatos y versiones de distribución que conviene distinguir; Deep Red se organiza alrededor de una investigación criminal. El vínculo entre ambos realizadores incluye una atención intensa a la forma, pero sus obras no deben convertirse en ejemplos intercambiables de una supuesta fórmula italiana única.
Para quien quiera acercarse a estas preferencias, las dos películas permiten una comparación clara. En Bava se puede observar cómo un episodio breve instala y transforma una amenaza. En Argento, cómo una narración más extensa convierte el recuerdo de una imagen en motor del misterio. Ese orden de visionado es una propuesta de lectura, no una lista confeccionada por Tarantino. Sus declaraciones documentan los puntos de partida; el análisis de las películas abre después su propio recorrido.
La relación con el thriller giallo italiano merece una discusión específica sobre formas e influencias. Aquí importa conservar a Tarantino en su posición de espectador, atento a experiencias que no se reducen a encontrar materiales para su cine. El interés por otros autores italianos, como Lucio Fulci, añade otra vía distinta. Reconocer esas diferencias permite hablar de admiración con precisión y evita fabricar un ranking que reúna, como si fueran una sola declaración, recuerdos pronunciados en momentos separados.
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