La ciudad de Hollywood debía parecer habitada, capaz de recibir tráfico, trabajo y ocio. Esa exigencia convirtió su reconstrucción en algo más complejo que reproducir fachadas.
Barbara Ling fue la diseñadora de producción de Érase una vez en Hollywood. Compartió con la decoradora Nancy Haigh el Oscar de diseño de producción concedido en 2020 por esta película. El reconocimiento distingue dos responsabilidades complementarias: concebir y organizar los espacios del relato, y concretar su vida material mediante decoración y objetos. Presentar el trabajo como una reconstrucción realizada por una sola persona borraría una parte fundamental de su elaboración.
La película se sitúa principalmente en Los Ángeles durante 1969. Ling y su equipo trabajaban sobre una ciudad contemporánea que conservaba algunos lugares y había transformado muchos otros. La dificultad consistía en hacer convivir edificios existentes, restauraciones visuales y espacios recreados dentro de una misma experiencia urbana. El espectador debía poder pasar de una carretera a un restaurante o una vivienda sin sentir que cada fragmento pertenecía a una película distinta.
Una ciudad en movimiento, no un escaparate inmóvil
Hollywood Boulevard aparece como una calle utilizada por personajes que conducen, caminan y toman decisiones. Esa movilidad multiplica las exigencias del diseño. Un fondo que funciona desde una posición fija puede dejar ver señales de otra época cuando la cámara cambia de lugar. Fachadas, carteles y escaparates necesitan responder a recorridos concretos. La reconstrucción histórica tiene una dimensión espacial que las fotografías de referencia, por sí solas, no pueden resolver.
En su entrevista con Awards Daily, Ling explicó que la construcción y demolición contemporáneas complicaban la recuperación de aquel paisaje urbano. El dato ayuda a comprender la naturaleza del trabajo: no bastaba encontrar un lugar antiguo y filmarlo. Había que estudiar qué permanecía, qué debía transformarse y qué parte de la ciudad solo podía recuperarse mediante una intervención más profunda. La investigación se encontraba continuamente con las condiciones materiales del presente.
Los cines ocupan un lugar especialmente importante. Sus marquesinas anuncian programas y convierten películas en acontecimientos públicos. Para Sharon, entrar en una sala donde se proyecta una obra en la que participa relaciona imagen profesional y experiencia personal. Para el espectador, el edificio sitúa esa experiencia en una cultura de exhibición concreta. La ciudad muestra el cine como un trabajo, un negocio y una forma de pasar la tarde.
También hay rótulos y establecimientos que aparecen durante trayectos breves. Su duración reducida no los vuelve irrelevantes: ayudan a construir continuidad entre escenas más extensas. Un recorrido urbano necesita señales que indiquen que hay vida fuera de los lugares donde se detiene la acción. La guía de Érase una vez en Hollywood permite seguir cómo esos desplazamientos conectan personajes que rara vez comparten el mismo conocimiento de la ciudad.
Rick, Cliff y Sharon habitan mundos diferentes
La vivienda de Rick Dalton expresa una relación particular con el éxito. Posee comodidad y recuerdos de una carrera que él teme perder. Su casa permite imaginar una estabilidad material que contrasta con su inseguridad profesional. Los objetos asociados a su imagen pública no tienen por qué demostrar vanidad de forma automática: también pueden funcionar como pruebas de continuidad para alguien que necesita convencerse de que todavía pertenece a la industria.
Cliff vive en un espacio mucho más modesto. La diferencia entre ambos lugares vuelve visible una desigualdad que la amistad no elimina. Rick dispone de una casa vinculada a su posición social; Cliff organiza su vida alrededor de recursos más limitados y de una relación laboral incierta. El diseño permite que esa diferencia se comprenda sin una explicación contable de sus ingresos. La escala, la ubicación y el uso de los objetos ya transmiten información.
El entorno de Sharon propone otra energía: una vida que parece avanzar hacia nuevas posibilidades. La proximidad geográfica con Rick no produce equivalencia. Dos vecinos pueden habitar el mismo paisaje residencial desde momentos profesionales opuestos. La película utiliza esa cercanía para relacionar expectativas, y los espacios ayudan a sostenerla sin convertir a los personajes en ilustraciones demasiado simples de triunfo o decadencia.
Spahn Ranch cambia de manera radical la percepción del mundo. Sus construcciones vinculadas al espectáculo del oeste se presentan como un lugar de convivencia amenazante. Lo que pudo funcionar como escenario de ficción contiene ahora una comunidad cuyas reglas Cliff desconoce. El diseño conserva la condición material del lugar y permite que su uso actual modifique su significado. El pasado industrial del cine permanece, pero ya no garantiza familiaridad ni seguridad.
Investigación histórica y necesidades de la ficción
Ling había trabajado previamente en películas con recreaciones de época, entre ellas The Doors. Esa experiencia no vuelve intercambiables ambas visiones de Los Ángeles. Cada relato selecciona zonas, actividades y detalles diferentes. Hollywood necesita una ciudad compatible con la memoria cultural del espectador y con la experiencia particular de sus personajes. La fidelidad a una referencia no resuelve por sí sola la función dramática de un espacio.
La fotografía de Érase una vez en Hollywood transforma después esos espacios mediante luz, ópticas y encuadre. Una fachada restaurada puede recibir una luz cálida que sugiera un recuerdo acogedor o integrarse en un recorrido más inquietante. El diseño de Ling y la decoración de Haigh proporcionan una base material para esas decisiones. Su aportación se reconoce en una ciudad donde la historia del cine parece prolongarse en las calles, mientras distintas vidas intentan encontrar todavía un lugar dentro de ella.
Más información: equipo técnico de Tarantino.
