El entierro de Beatrix en Kill Bill: Vol. 2 convierte una visita de venganza en una lucha por seguir viva. Budd consigue detenerla antes de que pueda imponer su superioridad con la espada y, con ayuda de Ernie, la encierra en un ataúd. La protagonista queda separada del mundo exterior cuando todavía tiene enemigos pendientes. Durante ese intervalo, avanzar hacia Bill deja de ser su problema inmediato: necesita recuperar la capacidad de actuar.
La secuencia enlaza el ataque, el cementerio y el recuerdo de la enseñanza de Pai Mei. Ese regreso al pasado explica una habilidad que adquiere una utilidad decisiva bajo tierra. El montaje hace esperar la solución mientras muestra de dónde procede, de modo que el entrenamiento cobra sentido en una situación distinta de aquella para la que parecía estar destinado.
La escena también cambia la escala de Kill Bill. El peligro cabe dentro de una caja y se percibe a través del sonido, la oscuridad y la reacción de Uma Thurman. La salida devuelve el movimiento a un relato que acaba de inmovilizar a su protagonista.
El ataque de Budd rompe la continuidad de las victorias de Beatrix. Ella llega dispuesta a enfrentarse a otro integrante del grupo que participó en la masacre de la capilla, pero el encuentro queda decidido con una emboscada. La rapidez de la captura importa: la película puede pasar de una asesina temible a una mujer indefensa sin concederle un combate que atenúe esa derrota.
El ataque de Budd y la ayuda de Ernie
Budd la recibe con un disparo de escopeta; identifica la munición como sal de roca. Después la deja inconsciente y se apodera de su espada. En Kill Bill: Vol. 2, dirigida por Quentin Tarantino en 2004, esta intervención de Budd demuestra que su aspecto derrotado no ha eliminado su capacidad de anticiparse a una amenaza. La ventaja nace de la situación que prepara, antes de cualquier comparación entre habilidades.
El ayudante del cementerio es Ernie, interpretado por Clark Middleton según los créditos recogidos por The Quentin Tarantino Archives. Budd dirige el castigo y Ernie participa en el traslado al ataúd y el entierro. La presencia de un segundo hombre hace más desigual la escena: Beatrix pasa a ser el cuerpo que otros desplazan, mientras las decisiones se toman fuera de su alcance.
La linterna forma parte de esa imposición. Budd condiciona la pequeña concesión a que ella deje de resistirse. El objeto permite una elección mínima dentro de un desenlace que él ya ha decidido. Puede leerse como una forma de prolongar su dominio: hasta la posibilidad de ver queda presentada como algo que la prisionera debe obtener del hombre que la entierra.
El ataúd: oír cómo desaparece el exterior
El episodio pertenece al capítulo siete, The Lonely Grave of Paula Schultz. Tras el cierre del ataúd, la atención se concentra en Beatrix y en aquello que consigue percibir. El espacio disponible impide el despliegue corporal de los duelos anteriores. El miedo aparece precisamente donde la fuerza que conocemos de ella tiene menos oportunidades de manifestarse.
Harry Cohen explicó el trabajo sonoro a Peter Albrechtsen en Designing Sound, el 25 de noviembre de 2011. Grabó golpes y movimientos interiores con una caja de madera equipada con altavoces y micrófonos, construida por Wylie Stateman. Para algunos sonidos exteriores, aplicó un filtro que los iba apagando conforme avanzaba el entierro. El equipo terminó de ajustar esa progresión durante la mezcla.
Ese cambio permite sentir que la separación aumenta aunque el exterior resulte difícil de ver. Cada ruido aporta información sobre una acción que Beatrix no puede detener. La escena tiene así dos movimientos simultáneos: fuera se completa una tarea; dentro crece la conciencia de haber quedado abandonada. El sonido conecta ambas zonas hasta hacer perceptible su distancia.
La interpretación de Thurman sostiene esa reducción del mundo. La resistencia ya no se mide por adversarios derribados, sino por la posibilidad de recuperar una decisión propia. El encierro permite que el miedo forme parte de Beatrix Kiddo sin borrar las capacidades que la película ha establecido. Verla atrapada da un peso nuevo a su esfuerzo posterior: volver a actuar requiere atravesar esa pérdida de control.
El recuerdo de Pai Mei y la salida
El relato interrumpe la espera para mostrar el aprendizaje con Pai Mei. El cambio de tiempo abre de pronto un espacio amplio alrededor de una protagonista que acaba de quedar encerrada. Esa apertura pertenece al pasado: la situación presente sigue sin resolverse. El recuerdo muestra a una Beatrix obligada a aprender y aceptar correcciones, mientras el espectador espera descubrir qué parte de aquella experiencia puede ayudarla.
La conexión decisiva es el trabajo contra la madera. Dentro del relato, lo que había exigido práctica y soportar la frustración proporciona después una posibilidad de salida. El entrenamiento de Beatrix con Pai Mei adquiere así una consecuencia concreta. El espectador recibe la preparación antes de ver su resultado, aunque ambas experiencias aparezcan en un orden distinto al que Beatrix las vivió.
De vuelta bajo tierra, Beatrix logra romper la tapa y salir. La acción pertenece a la extraordinaria resistencia física que Kill Bill concede a su heroína. Su fuerza dramática procede de reconocer una capacidad aprendida en el momento en que parecía inútil todo su repertorio. La película transforma un ejercicio anterior en la respuesta a un obstáculo que el maestro no está presente para resolver.
La salida de la tumba de Paula Schultz devuelve a Beatrix al mismo mundo del que Budd había querido apartarla. La iniciativa final vuelve a estar en sus manos. Haber sobrevivido depende de ella y del pasado que lleva consigo. La venganza puede continuar, pero después de una interrupción que ha obligado a la protagonista a luchar primero por su propia existencia.
Uma Thurman habló del ataúd en la rueda de prensa londinense publicada por Phase9 el 20 de abril de 2004. Se describió como claustrofóbica y destacó cuánto contribuían los efectos sonoros a la tensión. Su comentario permite atender a la escena como un trabajo de interpretación que cobra su forma completa con otros elementos de la película.
El esfuerzo de una actriz en un espacio reducido plantea una exigencia distinta de la coreografía multitudinaria. Aquí debe sostener la atención sin disponer de una sucesión de oponentes que ordene la acción. La progresión depende de cambios pequeños en la respuesta de Beatrix y de lo que cada momento permite esperar. El público aguarda una variación capaz de alterar una situación aparentemente cerrada.
Por eso resulta útil observar el tiempo que la película concede a esa espera. La experiencia del encierro prepara el valor de cualquier movimiento posterior. El alivio de recuperar espacio procede también de haber pasado antes por una escena que había reducido tanto sus posibilidades.
